AULA VIRTUAL DE MARTHA SILVIA ANGEL

Este es un espacio para compartir tareas con mis estudiantes y compañeros de trabajo.

jueves, 17 de marzo de 2016

MY BIOGRAFÍA LECTORA Por Martha Silvia Ángel Ortiz A Bibiana Álvarez, quien me impulsó suavemente, a intentar dar forma a mis recuerdos de lucha con las palabras. La vida es eso. Leer. Leer rostros, aullidos, silencios, letras, signos, corcheas y semicorcheas. Intentaré rastrear de forma cronológica e ingenua lo que puedo recordar sobre mi acercamiento a las letras. Mis primeros contactos con los textos comenzaron con mi visión maravillada frente a los cuadernos escolares de mi prima Nubia del Río, quien ya se ha ido para siempre. Esos elegantes trazos que ella estaba aprendiendo, creo que en el colegio de La presentación, tenían para mí ese encanto de lo que no se nos entrega y una pregunta que no he podido resolver plenamente durante toda mi vida: ¿qué quieren decir esas líneas y puntos y montañitas de tinta que se quedan estampadas sobre la página en blanco? Yo era entonces demasiado tímida como preguntarle a mi prima o al alguien, si aquellos dibujitos querían decir algo o sólo eran eso: dibujos. Entonces, tuve la gran alegría de ir a la escuela, uno de los lugares que más he amado en mi vida. Recuerdo cuando aquella dura solterona que yo idolatré, Maruja Ruiz, se llamaba, escribió debajo del dibujo de una iglesia bellamente trazada sobre el tablero: La iglesia. Lo hizo en letras cursivas y en script. Entonces creí que había develado el secreto. Fue tal mi alegría y mi ansiedad que en pocas semanas había aprendido no sólo a juntar vocales con consonantes para formar sílabas directas e indirectas y, para formar combinaciones triples: bla, ble, bli, etc. Que tuve que abrir mi tímida boca de niña de ocho años para preguntarle a mi papá, a quien había visto muchas veces con un libro entre las manos, qué querían decir los puntos y las comas y las rayas; en fin, todo lo que la Señorita Maruja no podía correr a enseñarme porque mis compañeras estaban más ocupadas en mascar chicle, sacar mocos y halar el pelo de las compañeras que en los secretos de esa cartilla donde decía cosas como: “Mi mamá me ama” y “mi mamá me mima” y “el indio fuma”. Cosas tan lejanas a mi realidad como las que más pero que me prometían paraísos donde los libros, llenos de letras pequeñitas y, a veces, encantadores dibujos, me prometían poder viajar a través de las palabras hacia mundos desconocidos. En pocas semanas, muy pocas, el secreto se me develó. Le conté, feliz, a mi padre que ya sabía leer. El no podía creerlo. Me sometió a un riguroso examen, primero con la cartilla, Alegría de leer, se llamaba, y luego con fragmentos de viejos diarios que estaban aquí y allá por mi casa. Eran periódicos que los carniceros usaban para empacar la carne, los zapateros, los zapatos con las tapas de los tacones recién cambiadas, mi mamá para envolver los aguacates para que se madusen rápido, creo. Periódicos que mi papá saboreaba como si fueran, y lo son, una ventana al mundo. Letras que mi abuelo devoraba, sentado en esa silla que fue su vehículo a la muerte. Fue por esos tiempos que recibí mi primer gran desafío: la maestra me ofreció un cinco en español si me aprendía el poema “Los camellos”, de Guillermo Valencia. En poco tiempo esas rimas dulces y cadenciosas, formadas con palabras que me eran desconocidas, me llenaron la cabeza y los oídos y también el corazón, porque me enamoré de ellas, pero le plantearon un gran reto a mi entendimiento: ¿Qué quería decir Valencia, con cosas como: /a grandes pasos miden un arenal de Nubia?/ Mi papá me dijo que querían decir lo que decía ahí. Ahí se estableció una de las grandes preguntas que pensadores e investigadores del tema han intentado resolver durante años: ¿El texto dice lo que dice?, ¿Quiere decir algo más, qué, cómo saberlo?, ¿Es el autor quien lo dota de sentido? ¿Es el lector? ¿El sentido se construye entre ambos? Aún no sé la respuesta, pero todavía estoy, y presiento que lo estaré hasta la final, prendada del misterio de las palabras. Tuve suerte, mucha suerte. Mi abuelo tenía una gran biblioteca en la casona donde pasé la mayor parte de mi infancia, la casa de mis abuelos. Él, un hombre a quien un accidente había dejando sin una pierna y a quien la vida impulsó entonces a vender lotería para ganarse el pan de su familia. Eso produjo del milagro de que se ganase dos veces la lotería. En una de esas ocasiones, se dio cuenta de que se había limpiado las heces con el quinto ganador. Pudo devolverlo a su limpieza original y, gracias a eso, comenzar a atesorar la gran fortuna que lo convirtió en un ansioso lector y un prestamista sin freno. Entre tanto, mi abuela crecía en su locura, sentada en una mecedora donde gritaba día y noche: “la parrilla, la parrilla”. Cuando comenzó a cansarse, la vieja casona se llenó de silencio. La abuela Alejandrina durmió durante siete años, sobre todo en los días. Durante las noches, se ocupaba de atormentar con sus dolores y las llagas que le produjo su larga estadía en cama, a su hija soltera, Margarita, quien la cuidó como a un pajarito herido, hasta que se la entregó al sepulcro. En ese silencio de la antigua casona, una niña, yo, vagaba por los corredores silenciosos esperando ver florecer las bifloras o tratando de adivinar el lenguaje de las hormigas. Ese suave silencio azul y transparente me condujo a mi paraíso de infancia, la biblioteca del abuelo Emilio Ángel. Era un cuarto lleno de escaparates que ya para la época eran antiguos, llenos a reventar de libros colocados en el orden que dictaba una rara clasificación por colores y tamaños. Recuerdo que en los cajones de debajo de aquellos estantes improvisados, estaban los viejos zapatos de amarradera de la abuela y todos los zapatos derechos del abuelo, quien siempre que compraba un par tirada a la basura el izquierdo, ya que no había pie para ponerle zapato. Era triste ver aquellos zapatos impares, aquellos corredores silenciosos. Aquel, casi cadáver de la abuelita que se durmió para siempre en su locura y cuyo rostro, que más parecía de momia que de anciana, era apenas visible entre la blancura de las sábanas, mientras en la cama contigua descansaba Margarita, de sus interminables noches de insomnio, practicando sus conocimientos de enfermera improvisada. Lo que quedaba era leer. Leer ávidamente, páginas y páginas que, más que abrirme su sentido me enviaban derrotada hacia abismos de misterio. Pero el arrullo de las palabras, el ritmo mágico de las frases; el olor a la verdad que despedían aquellas viejas páginas, muchas veces medio mordidas por las ratas y la polilla, mecía el paso de las horas de aquella infancia dorada. Había de todo en aquellos improvisados anaqueles: Sanín, El epistolario de Fraidique Méndez (creo que así se escribía), La apología de Sócrates, Los diálogos de Platón; libros de oraciones, viejos poemarios que apenas recuerdo; novelones que escribía Rafael Pérez y Pérez y que, por años he buscado con ansiedad, para ver si me causan el deslumbramiento de aquellos años de mi, casi prehistoria. Había mucho más, Javier de Montepán, con su Panadera y su Coche número trece. Estaba el Conde de Montecristo, La dama de las camelias, Los cuatro evangelios. Había novelas, estas sí, escritas en cuadernos escolares, porque mis tías tuvieron siempre, como yo, la vocación de la escritura. Novelas manuscritas que comenzaba con frases como: En una elevada montaña cubierta de cielos azules…”. De ahí , de ahí creo que saqué y que he de arrastrar toda mi vida el amor por las frases ridículas y románticas que me avergüenza escribir pero que adoro. Mis tías eran escritoras aficionadas. Le hacían a todo: Ignacia, a las canciones que luego grabaron Espinosa y Bedoya y el Dueto de Antaño. Canciones a quien fue el gran amor de esa familia: mi abuela Alejandrina Tamayo Arango, la prima de Débora, nuestra gran pintora envigadeña. Versos que decían cosas como: /Tu amor oh madre mía/ /impulsa mi barquilla/ /hacia el seguro puerto/ /de la feliz mansión/ /y en noches tormentosas/ /cual faro luminoso/ /tu alumbras mi camino/ /hacia el seguro puerto de la felicidad/ y, también al amor le cantaba mi tía Ignacia Ángel: /Tus ojos negros/ /de misterio llenos/ /estremecen de amor el alma mía/ /y en la sombría noche de tus ojos/ /a veces veo brillar la luz del día/. Los estoy cantando para recordarlos. Para volver a escuchar las cristalinas voces de mis tías entonando esas ingenuas palabras que no han abandonado más de cincuenta años después. Luego tuve una época de lectura pobre y triste. Pasaba yo entonces las tardes al pie de la cama de mi prima Doris Del Río, quién había nacido con un problema en los riñones y que pasaba meses y meses hinchada como un globo y sudando charcos de agua que mojaban los tapeticos que le poníamos al pie de la cama. Tenía ella para mí, además del encanto que me hizo amarla, una sucia y raída colección de revistas de Vanidades, en cada una de las cuales Corín Tellado, publicó muchas veces un corto novelón, siempre el mismo; sólo que cambiaba nombres y espacios. Ella se volvió millonaria publicando aquellas vacuidades y yo, por poco me vuelvo idiota, leyendo y releyendo en aquellas revistas, que traían además de las consabidas novelitas de amor, horóscopos, recetas de belleza y farándula. Todo esto porque me habían cerrado la entrada a la biblioteca del abuelo. Fueron pocos, pero fueron áridos años para la lectura. Leía entonces de robado. Mi papá tenía un cajoncito, siempre cerrado con un candado, donde guardaba cursos de mecánica que estudiaba por correo, viejos libros de historia, manuales de geometría (los mejores que conocí en mi vida) y algunos libros de biología. Aprendí a forzar la cerradura del candado y a robarme las palabras, las fórmulas matemáticas y químicas. Pero aquellas líneas no tenían la dulce rima de los versos de Silva; ni sabían a montañas como: El cultivo del maíz; ni hacían temblar con las Horas de tinieblas de Pombo; ni hacían sentir que la vida era profunda como el gran Barbajacob, pero llegué a sospechar que aquellos libritos que decían que: Si A es igual a B y B es igual a C, entonces A es igual a C, tenían un significado que correspondía más directamente con el símbolo que los grandes textos de literatura y filosofía que se habían cruzado en mi camino lector. Claro, siempre y cuando uno tuviera sabido que es A y qué es B y qué es C. Entonces, lo conocí. Se llamaba Carlos Omar Cadavid Maya, era un joven, estudiante de teología y filosofía en la Bolivariana, a quien los curas habían prohibido vestir los hábitos sacerdotales porque su mamá era prostituta. Había heredado de ella, la ensoñadora belleza de unos grandes ojos verde pasto madurado al sol, los ademanes lentos y parsimoniosos que son propios del más alto erotismo y la dulce sonrisa con que las víctimas de la sociedad disimulan su dolor para no hacernos sentir culpables de los latigazos que les prodiga nuestra ignorancia. Cuando Carlos llegó a mi vida, yo apenas chapuceaba en Revistas que entretenían con: “La risa, remedio infalible”. Carlos me salvó del naufragio. A la mañana siguiente después de la noche memorable en que nos conocimos, ese muchacho que era todo generosidad intelectual, llegó a mi casa con una montaña de libros para que yo leyera. No los recuerdo todos, pero sé que estaba algo referido al Alfa y el Omega de Teillard de Chardin y ese primer libro que abordé con el temblor de la conciencia abierta a la palabra: Crimen y Castigo. Supe desde entonces que la gran culpa universal había de acompañarme hasta el sepulcro. Que todos llevamos dentro un Raskólnikov, que en cada mano de santo hay un asesino y que la única redención está en el castigo aceptado con entereza y desde el pleno reconocimiento de la propia culpa, de la propia verdad. Entonces comprendí que después de tantos años de lucha, desde aquellos en que trataba de descifrar los garabatos de los cuadernos escolares, los textos tenían algo que decirme. Lo que ahora sé, es que cada vez que leemos un libro de estas dimensiones, un nuevo abanico de significados y grandes secretos se nos abre como recompensa y nos desafía con sus preguntas eternamente abiertas. Con Carlos aprendí a leer. Fueron varios años de intensa lectura y de amplia conversación en que él iba despejando poco a poco las brumas de mi ignorancia. Así, muy despacio y con gran alegría, fui comprendiendo que para leer no basta con interpretar sílabas directas e indirectas. Que se necesita saber. Saber mucho, sobre el mundo, sobre filosofía, sobre filología, sobre historia, sobre psicología; sobre literatura… Que hay que situarse en épocas de lectura y escritura; que hay que entender el ángulo desde el cual accedemos a las palabras. Que los libros son, cadeidoscopios, poliedros. Que los significados no son unívocos pero que sí existen. Aprendí a odiar a quienes creen que ni Dostoievski, ni Unamuno, ni Borges, ni Platón, para citar sólo los primeros que vienen a mi memoria, han dicho ni querido decir nada ¡Qué atrevimiento!. Básteme citar un refrán que mucho me gusta: la ignorancia es atrevida. Pero Carlos no me bastaba, aunque gastara muchas horas de su preciosa vida, quien bien temprano se apagó, enseñándome los rudimentos del inglés, corrigiendo la ortografía de mis notas o enseñándome a tomar apuntes y garabatear diarios de lectura. Eso es lo bueno, lo que no puedo ponderar de esa gran amistad que me llevó de la mano por los senderos de la historia de la filosofía, otro, si no el más grande, de mis amores intelectuales. Pero Carlos, a pesar de haber puesto ante mis ojos a Heráclito y a Aristóteles. A pesar de pasar horas y horas conmigo, en mi vieja casona, construyendo y deconstruyendo silogismos. A pesar de tantas cosas como me enseñó, Carlos frustró, tal vez de por vida, mi vocación de escritora. Por aquellos años, yo, igual que mis tías y varios de mis primos, garabateaba, poemas y cartas de amor en viejos cuadernos; sin más pretensión que el desahogo de la escritura. Pero no sólo eso, ya había escrito un novelón romántico que otro de mis amigos, Humberto Arias, se llamaba, se llevó prestado y nunca me devolvió. Cometí el error de hablarle a Carlos de mi deseo de escribir novelas. Primero me alentó pero cuando leyó algunos de los que yo, en mi desconocimiento de la literatura y la teoría sobre la novela y demás, había bautizado como capítulos; donde más que narrar, que imaginar, que construir mundos nuevos, más bien hablaba de él, de mí y de las fechorías que cometíamos, al juntarnos con nuestros amigos de adolescencia. Era más bien un ingenuo diario, donde narraba la forma como quebrábamos los bombillos de las casas, tocábamos las puertas para después reírnos, escondidos, cuando alguien que abría se quedaba con la boca abierta como si acabara de desaparecer un fantasma; o nos lanzaba improperios, porque había olvidado que también fue niño y atormentó los oídos de los ancianos con las bulliciosas alegrías de su adolescencia cuando ésta empezaba a despedirse. La frase de Carlos fue una estocada: ¡Eso no es una novela! Yo, a punto de llorar de rabia y humillación, tiré la novela y el proyecto de escribirla, por muchos años. Después he vuelto intentarlo, pero sin fe; sin aquella inmaculada alegría de escribir, no para ganarme u Nobel sino para sólo escribir. Que aquello no era una novela… tal vez sí, o tal vez no. Lo que he podido ver claro a lo largo de mis muchos años de lectura y de estudio sobre el tema, es que nadie podría trazar nítidamente los límites entre lo que es o no es novela. Pero entonces yo era víctima fácil. Todo ser ignorante lo es. Después, mi historia se enloda en la borrascosa crónica de un matrimonio sin amor, entre golpes y humillaciones sin cuento; la peor de las cuales fue la sed de letras que tuve que arrastrar por años, porque mi, entonces, esposo, escondió o tiró toda clase de lectura seria que hubiese entre los libros que yo había ido consiguiendo. Así, se fueron de mi casa y de mis estantes: Sartre, Camus, Freud, Nietzsche. Fue así como nunca volví a ver a Sola y como hasta El principito y Alicia en el país de las maravillas, fueron yendo a parar a la basura que se llevaba los martes o los sábados mis grandes tesoros literarios. Salvé algunos, aquellos para los que mi corazón fue un cajón más hondo que cualquier basurero: Cumbres Borrascosas y La letra escarlata. Después, cuando por obra del destino recuperé mi libertad, llené mi sala y mi dormitorio con páginas y páginas que me acompañan como faro, tal vez el último, de mi vejez. Me he reencontrado con Dostoievski, he bebido de la fuente del centro de la conciencia humana con Los hermanos Karamazov, con Cela, con Boris Pasternak, con Cervantes, con Juan Ramón Jiménez; bebo frecuentemente de las palabras de Faulkner, de Joice y de Borges. Recorro con él su Historia universal de la infamia, voy por las páginas de El atroz redentor Morel. Me asomo como a escondidas de la mano del escritor argentino a Bartolomé de las casas y sus memoriales, y me estremezco recapacitando en cómo se puede ser santo cuando uno propone reemplazar indios por negros para que se extenúen en lugar de los primeros. Trato de navegar por la música del blue, la forma musical negra que se asocia con el Deep South. Me propongo acercarme a la prosa de Vicente Rossi. Leo y releo el primer cuento que Borges reconoce como tal en su producción: El hombre de la esquina rosada, cerrado para mí, casi tanto como las lejanas lecturas de mi infancia y de los tempranos años de mi adolescencia. La lectura, para bien o para mal, ha hecho de mí lo que soy. Pienso, como Swedenborg, citado por Borges, que el hombre se salva por su postura ética, por la inteligencia y por el ejercicio del arte. creo, atrevidamente, y sé que muchos han de cuestionarme por ello, que, como lo afirma William Blake: el tonto no ha de llegar al cielo, por santo que sea. O, dicho de forma más bella: “Hay que descartar la santidad e investirse de inteligencia”. Si, un gran escritor es un gran maestro que nos toma de la mano y nos conduce como Beatriz a Dante, por el tenebroso camino de la existencia. Los escritores beben, sabiéndolo, creo, de la eternidad, de la simultaneidad de los tiempos. Leer es encontrar en espejos como los de Borges que la materia es irreal y que, como él afirma, refiriéndose a Las Enéadas, la materia recibe los universales como un espejo que simula estar lleno y está vació. Desde los libros intento, como lo he intentado desde que sé que existo, entender el tiempo que es como entender el todo. Sé que todo se queda porque no hay pasado ni futuro. Lo que existe es un solo instante. Nada lo antecede. Nada le sigue. Lo que apreciamos son sólo las diferentes facetas del ser. Comulgo con Borges en esa noche de serenidad en que su mágica experiencia le hizo comprender que la “paredcita” límpida, del arrabal, con su olor provinciano a madreselva, a barro fundamental, no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años. Es, que, dice el escritor, sin parecidos ni repeticiones, es la misma. Mi vida ha sido, desde mi lejana infancia, una eterna persecución de la metáfora. Un preguntarse si Groce tenía razón al negar la distinción entre el fondo y la forma, al reducir la poesía al lenguaje. He tratado por años de entender, con Aristóteles, que toda metáfora nace de una intuición, de una analogía entre dos cosas disímiles. Pienso que de eso puede estar construido el pensamiento, de analogía. En cualquier caso, mi vida ha sido un intentar, como bella y precisamente lo expresa Nietzsche: “… que debamos vivir de un modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad”. Hay un libro, un libro mágico y respetado por todos los que saben de ese objeto sagrado que es el libro, un libro que no he leído y que espera paciente entre las montañas de hojas que hacen cola, pasta sobre pasta entre mis tareas sin emprender. Se llama: Las mil y una noches. No puedo evitar la idea, errada y preconcebida sin duda, de meterlo en el cajón de lo que siempre consideré lecturas para niños y que nunca me gustaron. Excepción hecha, de aquellos cuentos árabes que estaban en la biblioteca de mi abuelo y de cuyas páginas sólo conservo el dulce sabor de lo mágico que trazó mi camino de lectora. Cuando pienso en escribir, tiemblo ante mi ignorancia. Veo mi pluma insegura, infantil y ridícula, cuando me paro frente a páginas como las de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Me abisman preguntas, como esa de su autor sobre: ¿De qué manera un libro puede ser infinito? Una bifurcación en el tiempo, propone Borges. Y aclara: no en el espacio. Pero en la novela que sueño, el espacio tiene que curvarse en cada bifurcación, para que la palabra se materialice y haga existir los mundos que siempre he soñado. Mundos de crepúsculos rosados que no crecen hacia el gris, hacia la oscuridad, sino siempre hacia auroras más rosadas, más lentas. Hacia auroras eternas. Yo creo en esa vertiginosa serie de tiempos que se bifurcan, pero no en el campo de la física sino en el de lo literario. Creo en esa red abismadora de tiempos divergentes y convergentes en cada página de creación literaria. “No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros yo, no usted, en otros los dos”, Dice Borges. Yo creo que en todos los tiempos literarios existen dos mundos: el creado por el escritor y el real, el escritor mismo. Vivo, siempre he vivido dentro de la historia universal de las metáforas. Busco a Dios dentro de esa esfera inteligible a la que han aludido los filósofos, por el hermetismo, cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia en ninguna. En los últimos tiempos me han visitado muchos mundos literarios paralelos: Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius; El acercamiento a Almotásim, Pierre Menard, autor del Quijote, Las ruinas circulares, La biblioteca de Babel y El Jardín de los senderos que se bifurcan, han sido mis compañeros de esta parte del 2016, pero no han estado solos; con un club de lectura al que asisto últimamente, hemos estado tratando de abordar Sobre héroes y tumbas. Ha sido una experiencia extraña y desconcertante para mí. Aunque pasé muchos años estudiando literatura en la Universidad de Antioquia, no me había dado mucha cuenta de que un libro de habla a cada quien desde la ventana que sus propias experiencias, sus propios anhelos y sus propios sueños han abierto al mundo. Hay un libro que me ha dado la más grande, la más sorprendente alegría de leer en toda mi vida: Cien años de soledad. El día en que Gabo murió fue uno de los más tristes de mi vida y cada que siento que se me agota la magia del vivir recorro otra y otra vez a los Buendía, a los gitanos de Macondo y a las mariposas amarillas que nos dejó como regalo nuestro más grande escritor. Es todo, por ahora, en este borrador que he escrito por sugerencia de Viviana Alvarez, la orientadora de ese club de lectura y de otro, más ambicioso y que me da miedo: el de escritura al que también estoy asistiendo en esas tardes, ahora frías y plomizas que estoy pasando varios días a la semana, con personas a quienes agradezco su compañía y en quienes reconozco seres que comparten conmigo este amor por las letras. En fin. Como la experiencia de trazar estos renglones, me ha gratificado, continuaré con ella, poco a poco Doy Gracias a Viviana por impulsarme a estar un rato con mis recuerdos, que, blandos o duros. Son importantes porque me pertenecen. He gozado de la experiencia de volver a escribir como antaño al redactar estos recuerdos hechos de letra y papel.