VOLVER A VERTE, SEÑOR CANÓNICO
Silvia Angel
Un homenaje al recuerdo
Donde crecían bifloras enormes que estremecían el aire con su espeso perfume y su color de semana sagrada. Un silencio casi eterno se había instalado meses antes en los corredores de aquella añeja mansión pueblerina. Desde que supo de la muerte de su tía, que era como su madre, pues ésta había muerto cuando él era niño; el padre Villegas sólo volvió a usar sus palabras para celebrar la santa misa. Nadie lo escuchó hablar desde entonces. No volvió a aparecer por el confesionario. Se consideraba incapaz de perdonar a los pecadores. Ya ni siquiera rezaba por ellos.
Para no volverse sordo en medio de su silencio, volvió al piano. En su juventud había tenido un gran maestro que le enseñó a amar a Beethoven, a Chopin. Eran sus preferidos y, como en sus lejanos años mozos, los largos dedos del cura arrancaban esas estremecedoras notas al teclado. Esta tarde no. La criada acudió a la llamada de los aldabones y regreso:
-Es un hombre cansado, con una jovencita en brazos. Dice que es su tío. Que le escribió a usted hace unos días desde Puerto olvidado., El cura dejó el devocionario sobre la mesita de noche y, con pasos solemnes, elásticos y tristes, se allegó a la puerta. Tampoco esta vez hubo palabras. Un largo y cerrado abrazo convirtió en uno a esos tres seres que estaban marcados por la sangre y el dolor. Lágrimas secas surcaban a la vez tres rostros bien distintos y semejantes a la vez, sin embargo. Serio y maltratado el del tío, elegante y joven el del cura, angelical el de la niña.
La criada, quien presenciaba la escena, no necesitó orden alguna para comprender que debía preparar la cena y un par de habitaciones. Supo, por el periódico local, que la violencia había segado la vida de Rosaura, la tía- madre del sacerdote y que había obligado a sus hermanos Roque y Enrique, a perderse por la selvas del país, tal vez en búsqueda de venganza, o asustados frente a la posibilidad de su propia muerte. No hubo una tumba para la hermosa muerta que tanto se parecía a su hija Irina. No hubo un responso, ni lágrimas, ni palabras. El padre Pablo Villegas no volvió a dirigir la palabra a nadie, excepto para la oración. Tampoco ahora, que recibía en su casa lo que quedaba de su familia.
II
Meses más tarde, un martes de junio, un crepúsculo descaradamente rosa inundó poco a poco el salón de música. Sobre el viejo sofá de verde terciopelo, Irina entornaba sus negrísimas pestañas, temblando, estremecida ante Claro de luna. Las suaves y veladas celosías del ventanal columpiaban la claridad lunar mientras los dedos de Pablo iban de Liszt a Chopin. La luna dibujaba apenas el perfil, casi infantil, y se recreaba sobre el arco perfecto de las cejas negrísimas. La frente de la joven soportaba unos cuantos cadejos de sedosos y ondulados cabellos. De tanto en tanto, la chica sonría tristemente, estremecida ante la belleza de la música y lanzaba una mirada larga y ansiosa al rostro del sacerdote.
Ya caída la noche, cuando las estrellas se fueron hundiendo en la inmensidad de la noche y la luna se hizo más lejana y el sacerdote cerró suavemente el teclado, Don Arsecio se acercó a su hija y tomándola en brazos, subió la escalera de mármol, balanceando a su paso la falda de muselina azul y las trenzas despeinadas de Irina. El cura aspiró el perfume de la chica, casi infantil, y se permitió una lenta mirada sobre los labios en flor. Después, tomó su devocionario y se dirigió al cuarto. Un silencio casi de muerte cubrió la vieja mansión e hizo más evidente la belleza amplia y vieja de los corredores y los arcos y el agua quieta de la piscina central. El padre Villegas conservaba este caserón donde nacieron sus abuelos y sus tatarabuelos y que heredó a la muerte de su madre. Por eso solicitó al Obispo el traslado para Perla Negra, donde estaba la casa y por eso, y un poco por compasión frente a los dolorosos acontecimientos, el Obispo le concedió el traslado. El sacerdote desechó la idea de instalarse en la Casa cural, como correspondía. A nadie extrañó que quisiera volver a vivir donde lo vieron crecer, en la casa de sus padres.
Durante su niñez, él oyó muchas veces hablar de la guerra. Eran relatos que llenaban de pánico su corazón, pero que parecían lejanos. Era Colombia, pero en su casa, y en su calle y en su barrio, y en su parque todo parecía tranquilo. Transparente. Las tardes azulinas, cuajadas de colegialas que regresaban del colegio. Tardes en que las montañas dibujaban mapas de lugares imposibles, eran tardes de paz. En Perla Negra la sangre era sólo una palabra para referirse a la raspadura de la rodilla por haberse caído de los patines o de la bicicleta; o de un árbol de guayabo. Los tíos hablaban de la violencia. De bebés sacados del vientre de sus madres con un cuchillo y reemplazados por gallos vivos. Él sufría imaginando la sangre que se deslizaba entre los huequitos que dejaban las agujas al coser los vientres de aquellas madres que ahora quedaban preñadas, no de un hijo, sino de un gallo vivo que se moría en su vientre, ahogado en su propio estupor. Él escuchaba, con el alma en vilo, las historias de los niños tirados al aire por los verdugos y aparados en la punta de cuchillos carniceros. Sufría, eso si era verdad, imaginando que aquella guerra llegara a su casa y que borrara la belleza de aquellas tardes de su infancia. Tardes cuajadas de carboneros en flor. Tardes que olían a naranjales y que veían correr las aguas de la quebrada, como en oración en lo bajo de ese pueblo, coronado de montañas que lo vieron crecer.
Después, se fue al seminario. Era verdad que amaba la belleza de las mujeres, su dulzura, el grito de vida de sus caderas en flor. Pero por fuera. Bastaba la insulsa charla de algunas de sus vecinas y compañeras para que dejara de verlas bellas. Quería algo puro. Algo perfecto. Algo que no estaba en sus calles, en su mundo. Por eso fue tan fácil para el Padre Rafael Herreros convencerlo de que terminara su bachillerato en el seminario. Las chicas de su pueblo lo lamentaron. Y aunque Pablo Villegas, con su alta y esbelta figura, sus pasos lentos y solemnes, los negrísimos ojos negros y aquella boca que incitaba al beso, las dejaba sin aliento. Ninguna dijo nada. Eran tiempos de mediado el siglo veinte. Siglo de mujeres discretas, de damas, destinadas a ser las matronas de aquellas tradicionales familias de antaño. Si alguna hubiese osado la más mínima insinuación erótica, se la hubiera tildado como merecía. Así que, sólo lo volvieron a ver años más tarde, convertido en su párroco. Doña Rosaura, junto con su esposo y sus hijos pequeños se habían instalado en Puerto olvidado. Los había tocado la primera campanada de la violencia. Aplancharon a Don Eusebio y le ordenaron irse. Los liberales querían para ellos ese pueblo. Pero no se fueron.
III
La noche sangrienta no lo parecía. Rosaura Ángel cerró las celosías de su casita campesina, dio la última vuelta al gallinero, cerró con aldabón la puerta de la cocina y se fue mojando las bifloras del patiecito. A las siete habían terminado de rezar el rosario, los chicos jugaron con los hijos de Don Belarmino Ortiz, enfrente de la casa. La callecita era de tierra y el cielo lleno de estrellas. Unos meses después estrenaron el alumbrado municipal. Un hombre, que llamábamos el farolero, iba de equina en esquina, al caer la tarde con un palo terminado en un gancho de alambre, encendiendo las bombillas de las calles. En las cocinas aún se cocinaba con carbón de piedra. Esa noche la luz era estelar, la luna se había escondido tras las altas montañas. Un espeso olor a jazmineros inundaba las calles repletas de gritos infantiles y adolescentes que jugaban a los espantos. Rosaura salió al portón para llamar a los niños. Nadie respondió. Preocupada, volvió a llamar, y la respuesta fue aquel cuchillo carnicero atravesado, amenazante en su garganta. El hombre rasgó su escote e intentó la caricia que ella le negó, atravesándole el rostro con una palmada. El filo cerró para siempre su vida de mujer hermosa, de esposa honrada de madre amorosa y de buena cristiana. A unas cuadras de allí, otras vidas se segaban, otras mujeres se entregaban –por miedo- y morían en medio del miedo.
La sangre asustó a los hijos que regresaban de sus juegos. Nunca llegaron a ver el cadáver de la madre, ya que huyeron para siempre. Años después se les oyó nombrar como cabecillas de bandas sangrientas.
Dormida sobre su blanca camita, una adolescente que hizo llorar de miedo frente a su belleza a quien estaba destinado a ser su asesino. El hombreo pudo suspender aquella vida que era la expresión de la belleza que iluminó sus sueños infantiles y la dejó durmiendo su orfandad. Ella no se dio cuenta de nada, hasta el día siguiente, cuando su padre la despertó, llorando sobre las sábanas. Tal vez lo único de la casita que no quedó bañado en sangre.
La niña aprendió a callar mientras preparaba el escaso desayuno del padre. Como ya nadie cultivaba los plátanos, ni había a quién vendérselos. Como los hermanos no volvieron para ayudarla, como el padre se volvió inútil debido a la rabia y al miedo, Irina tuvo que poner esa tiendecita donde vendía velas, cigarrillos, gaseosas y confites. Con eso vivieron hasta el día de la nueva amenaza que los sacó de puerto ---- y los lanzó por las cenagosas carreteras de su ensangrentado país. Al principio de la huída, el destino era ninguna parte.
IV
Aquel invierno de mayo los vio pasar. La hija sobre los brazos del padre, por caminos empantanados. De lluvia en lluvia, se escampaban bajo platanales y, en algunas noches dormían en vacías casitas olvidadas, que la violencia dejó sin habitantes y sin puertas ni ventanas a la orilla de aquellos caminos de abandono y pobreza. Meses de huída entre ruinas y miedo. Comiendo mendrugos de pan, mendigados; o frutos silvestres, a la vera de las estrechas carreteras. A veces, el miedo les estrujaba el corazón, viendo como desde los cerros y fincas cercanos, bajaban cadáveres en andas, apenas cubiertos por andrajos ensangrentados. Eran los años del silencio que después de volvió marihuana, metralla y cocaína. Entonces la muerte creció como en basar de iglesia. Casi se volvió costumbre.
Irina cumplió los trece años aquel día en que llegaron a una olvidada estación del ferrocarril. El padre la descargó sobre la banca de la oficina de correos, donde dormía un hombre encargado de cuidar y despachar, a mula, las escasas cartas. Allí se escribió la carta que un par de meses más tarde recibiera el sobrino de Rosaura. No había noticias nuevas. Su madre-tía, se había llevado la alegría de aquella vida sacerdotal. Pero estaban su tío e Irina. La prima que iluminó la sombría languidez de la casa cural y que puso una nota de alegría con los tangos interpretados en su voz casi infantil.
IV
No sólo lo veía en las noches, mientras tocaba el piano. Además de vivir en la misma casa, él era su profesor de religión. Él le enseñó los mandamientos y la puso como abanderada en la cruzada eucarística. Fue durante esas mañanas de iglesia, cuando ella aprendió a comulgar varias veces durante la misma misa y que él dejó deslizar sus suaves dedos sobre la barbilla de aquella niña mujer que se le ofrecía, sin apenas saberlo, mientras saboreaba en sueños los labios del cura.
La vida desterró a la muerte en aras de aquel amor casi inconsciente. El pueblo volvió a tener tardes azules y enredaderas en flor. De paseo por las fincas que se colgaban como gajos a las laderas de las montañas, Irina soñaba con príncipes azules que siempre tenían los ojos negros y los pasos lentos de Pablo. El recuerdo de la madrugada que la dejó huérfana se fue durmiendo sobre el arrullo del agua de la quebrada donde la chica pasaba las tardes, leyendo novelas de Rafael Pérez y Pérez. El pueblo la vio convertirse en mujer, vio florecer sus amplias caderas y se estremeció con la pequeñez de su cintura y la doble promesa de amor que abrigaba su pecho.
Allí, escuchando el rumor del agua, en las azules tardes de abril, iba a mirarla de lejos su primo sacerdote. No era un pecado confesado. Era un sabor dulce, casi inconsciente que se le derretía en los ojos al mirar las negras trenzas, despeinadas sobre el libro. Era una dolorosa ansiedad de hombre, estrangulada sobre la boca lejana de la mujer que leía y soñaba con él, sin saberlo, a unos pasos de ella.
Aprendió a seguirla los vericuetos de sus paseos. Un viernes de otoño, la siguió hasta el hospital de los tuberculosos. La María, se llamaba aquella casa de campo, escondida y casi innombrada en el pueblo. Un pueblo que siempre escondió sus crímenes y ostentó sus limpias calles amplias que con el transcurrir de los años vieron desaparecer sus grandes casonas de antaño, poco a poco convertidas en edificios donde vivían los nuevos ricos, los hijos de la sangre y la cocaína.
Un martes de octubre, un dulce olor a naranjas se derretía sobre el aire de la tarde y llenaba de luz dorada cada rincón del espacio. Irina se acostó bajo aquel árbol que nunca olvidaría. Lento, él cerró sus dientes y sus labios sobre la boca soñada. Ella abrió toda su ansiedad de mujer al beso, lo dejó desatar el cierre que le ceñía la cintura… palpitó con él mientras hundían las manos en las manos, en una inconfesada ansiedad. Pero la puerta del hospital se abrió, lentamente. Y ella se quedó sola, tendida sobre la hierba, con el vestido medio abierto y el corazón temblando como una paloma herida.
V
Después fue muy difícil. El piano calló en las noches y las estrellas brillaron sobre los cortinajes solitarios y silenciosos. En el altar había un sacerdote que decía una misa rutinaria y que buscaba inútilmente los ojos dorados de una niña mujer que no le dijo que no. Pero que lo dejó solo con su culpa. Mirando el templo vacío, el hombre soñaba con el pasado para torcer su destino. Aprendió a maldecir al cura que lo arrancó de su vida rutinaria y lo encerró entre las paredes de un seminario. Quiso ser como sus hermanos, renegar de todo e ir por los caminos buscando y, tal vez, causando la muerte.
Un sábado, víspera de navidad volvió a verla. Esta vez en el coro de la iglesia. Escuchó su voz cantando El Gloria, el villancico que ambos amaban. No levantó los ojos desde el altar, pero supo que ella lo había perdonado. Al domingo, invitó a almorzar a las cantantes, puso en las manos de cada una un regalo. En las de ella, aquel cinturón de cuentas amarillas que desde entonces ella llevaba siempre en las misas de doce. No comulgaba como antes. Ni una, ni varias veces, pero esperaba con los ojos puestos a la puerta del sagrario, que apareciera la figura de aquel hombre que parecía un príncipe. Escuchaba el desgranarse de sus palabras durante el sermón y volvía a sentir los dedos del hombre en su cintura desnuda, como la tarde junto al hospital de los leprosos.
VI
Volvió a sentir los dedos amados. No en su cintura. Apenas en su mano temblorosa. El hombre aún conservaba la altanera y cimbreante apariencia que había convertido en auroras su noches de niña y de adolescente. De pie, en una puerta lateral de la Basílica, perdía – tal vez- algo de su majestad ante la de la construcción de ladrillo que había partido en dos la arquitectura del Siglo XX en la ciudad. Pero era él. Su voz como de cocos jugando entre sí.
-¿Cuánto hacía que no la veía?-Preguntó.
Ella sintió vergüenza del hijo que arrastraba de la mano y que no era hijo de los dos. El canónigo disimuló la pena de ambos y aflojó sus dedos de viejo entre los de ella, en plena vitalidad. Había ganado el poder, el deber. Había perdido el amor.
Datos personales
- Nombre: Martha Silvia Angel Ortiz
- Lugar: Envigado, Antioquia, Colombia
Profesora de Español y literatura de la Institución Educativa Normal Superior de Envigado, licenciada en el área, de la Universidad de Antioquia. Especialista en Dificultades del Aprendizaje Escolar, de la Universidad Cooperativa Especialista en Dificultades del aprendizaje escolar.
Enlaces
Entradas anteriores
- CONFERENCIA DE JOSSUARA SANTOS PIMIENTA Biblioteca...
- MY BIOGRAFÍA LECTORA Por Martha Silvia Ángel Ortiz...
- VOLVER A VERTE, SEÑOR CANÓNICO Silvia Angel Un ...
Archivos
Suscribirse a
Entradas [Atom]
