CONFERENCIA DE JOSSUARA SANTOS PIMIENTA
Biblioteca Débora Arango, marzo 19/2016
Estos son algunos recuerdos fragmentados de un valioso momento sobre la historia de la educación en el Brasil, que tuvimos la ocasión de compartir, gracias a la invitación de Bibiana Álvarez, a quien agradezco y a quien, con cariño y respeto, quiero enviar esta apresurada síntesis.
Primero deambulamos por los alrededores del moderno edificio de la biblioteca. Aunque no muy concurrido el evento planeado para celebrar el cumpleaños de la institución, se veían aquí y allá globos de colores y canastillas llenas de libros sorpresa, destinados al picnic literario. Sobre el dorado pasto de esta mañana de marzo, mantelitos a pequeños cuadros rojos y blancos fueron tapete de descanso para quienes se amparaban bajo blancas carpas de los rayos de este ardiente sol que está calentando de manera desacostumbrada durante los últimos años. Estábamos un poco desubicadas, así que nos fuimos con Luzdaly a la conferencia que estaba programada donde, Jossuara Santos Pimienta, una brasileña, doctora varias veces en pedagogía, nos compartió la historia sobre el proyecto de Cecilia Miereles, pedagoga y poeta de Río de Janeiro; le entendí que durante el gobierno de Getulio Vargas. Un proyecto, dijo la expositora, diseñado desde la educación para la paz; montado, entre otras herramientas pedagógicas, a partir de la correspondencia entre escolares pertenecientes a diferentes países de América Latina, desde la tesis que sostiene que: “El conocimiento de los otros trae respeto y no más la guerra”, narró la expositora en un dificilísimo español, interrumpido aquí y allá por vocablos en su lengua, creo, y que ella nos pedía que tratásemos de traducir a nuestro idioma. Muy valiente, me pareció esta señora, enfrentándose a una conferencia en una segunda lengua que no domina del todo y en un país extranjero para ella. Menos mal que su público no alcanzaba a más de veinte solitarios que tratábamos, de hacer menos dolorosa la soledad de ese nuevo sábado, sin nadie con quien compartir la calidez de esa mañana veraniega de marzo que ya se fue, como ha de irse todo hasta que estemos más allá de la muerte, es decir, hasta que no estemos, ni solos, ni acompañados: si nadie y sin nada.
Jessuara se refirió a herramientas pedagógicas que fueron usadas por Cecilia, tales como un periódico donde abordaba temas éticos, filosóficos y otros, relacionados con la educación, propiamente dicha. Narró que todo esto se desarrollaba desde la Biblioteca Infantil Río de Janeiro, situada en un bellísimo edificio, de estilo neopersa, que el miedo al comunismo hizo desaparecer, lo mismo que el proyecto pedagógico de la poeta brasileña. También desapareció con ésta el fuerte movimiento que impulsó al Brasil, al comienzo de los años treinta, a un loable impulso hacia la creación de bibliotecas infantiles de origen escolar para chicos. Lugares donde se hacía música, cartografía, juegos y teatro. Centros de cultura, lugares de placer. “de libros, también”, dijo jossuara. Lugares de preservación y divulgación de la cultura brasileña donde se tuvieron maravillosas experiencias con la tecnología que para la época existía: la radio y el tocadiscos.
Me encantó cuando Jossuara dijo que, a través del español se familiarizó a los chicos del Brasil con la cultura de América Latina ¡y estaba hablando de los años treinta! O sea que, para esos ya lejanos años de comienzos del siglo XX, ya existían en Brasil los objetivos que nosotros apenas empezamos a vislumbrar como los de la fraternidad y la unión de los pueblos.
Como una sincera y honesta auto-crítica a su país de aquellos lejanos años, Jossuara afirmó que: “Los brasileños sólo mirábamos, entonces hacia Europa y Norte América” y afirmó que la trans-culturación es un movimiento hacia la paz del mundo. Con todo, este proyecto posibilitaba a los chicos el aprendizaje de los idiomas. El español es hoy obligatorio en Brasil. Claro que se puede optar por el español o el inglés. Se refería, entendí, al programa de los colegios.
Pero no todo fue color de rosa. También hubo cosas tristes, afirmó. Por aquellos años se tildó a los maestros la Escuela nueva, dentro de cuyos postulados estuvo el proyecto al que se hacía referencia en la conferencia, de comunistas. Narró como aquellos apóstoles de la educación perdieron sus empleos. Afirmó, con tristeza como se destruyó esa hermosa biblioteca con sus bellas torres neopersas. Y, afirmó no comprender como se perseguía como comunistas a los lectores de Tom Sawyer, quien, como sabemos, poco tenía que decir sobre sistemas políticos con sus aventuras infantiles vividas a la orillas del Mississipi, donde, de niño, cuentan que intercambiaba boletos por biblias y a los receptores de Mark Twain, quien, cuenta la historia, tenía una escasa visión financiera la cual, según algunos de sus biógrafos, lo llevó a la quiebra. Apenas podrían estos dos insignes escritores, piensa uno, inspirar discusiones sobre economía política. No entendí muy bien, pero creo que precisó como fecha central de estos nefastos sucesos el 19 de octubre de 1987, cuando yo apenas ingresaba, tarde, en la Universidad. El predio se dedicó a recolectar impuestos. El Estado al servicio del dinero. No es novedoso. Ya lo sabemos. El estado, al menos en los sistemas capitalistas, no sé los otros, se administra con billetes de banco, no con hojas de libros. Por eso esos libros infantiles fueron a parar a la basura.
Finalmente, y disculpándose por hacerlo en ese momento, la dulce voz de Bibiana Álvarez finalizó el acto con la lectura de la hoja de vida de esa brillante expositora, quien explicó con lúcida precisión como Freire, para esos años, estaba por fuera del ámbito temporal del proyecto en mención. Y esto como precisa respuesta a uno de los asistentes y luego dijo que Freinet y todos los grandes pedagogos fueron objeto de estudio, análisis y aplicación por Cecilia Meireles. Como correspondía, claro está.
Estas son, reitero que puede haber imprecisiones, algunas de las ideas de la brillante expositora a quien al final invité a visitar y compartir su sabiduría con los maestros de Envigado y, en particular con los de la Normal. Lamenté, con tristeza, que no hubiese un público tan nutrido como el que la ocasión ameritaba y sentí vergüenza por ello.
Martha Silvia Ángel Ortiz
domingo, 20 de marzo de 2016
jueves, 17 de marzo de 2016
MY BIOGRAFÍA LECTORA
Por Martha Silvia Ángel Ortiz
A Bibiana Álvarez, quien me impulsó suavemente, a intentar dar forma a mis recuerdos de lucha con las palabras.
La vida es eso. Leer. Leer rostros, aullidos, silencios, letras, signos, corcheas y semicorcheas.
Intentaré rastrear de forma cronológica e ingenua lo que puedo recordar sobre mi acercamiento a las letras.
Mis primeros contactos con los textos comenzaron con mi visión maravillada frente a los cuadernos escolares de mi prima Nubia del Río, quien ya se ha ido para siempre. Esos elegantes trazos que ella estaba aprendiendo, creo que en el colegio de La presentación, tenían para mí ese encanto de lo que no se nos entrega y una pregunta que no he podido resolver plenamente durante toda mi vida: ¿qué quieren decir esas líneas y puntos y montañitas de tinta que se quedan estampadas sobre la página en blanco? Yo era entonces demasiado tímida como preguntarle a mi prima o al alguien, si aquellos dibujitos querían decir algo o sólo eran eso: dibujos.
Entonces, tuve la gran alegría de ir a la escuela, uno de los lugares que más he amado en mi vida. Recuerdo cuando aquella dura solterona que yo idolatré, Maruja Ruiz, se llamaba, escribió debajo del dibujo de una iglesia bellamente trazada sobre el tablero: La iglesia. Lo hizo en letras cursivas y en script. Entonces creí que había develado el secreto. Fue tal mi alegría y mi ansiedad que en pocas semanas había aprendido no sólo a juntar vocales con consonantes para formar sílabas directas e indirectas y, para formar combinaciones triples: bla, ble, bli, etc. Que tuve que abrir mi tímida boca de niña de ocho años para preguntarle a mi papá, a quien había visto muchas veces con un libro entre las manos, qué querían decir los puntos y las comas y las rayas; en fin, todo lo que la Señorita Maruja no podía correr a enseñarme porque mis compañeras estaban más ocupadas en mascar chicle, sacar mocos y halar el pelo de las compañeras que en los secretos de esa cartilla donde decía cosas como: “Mi mamá me ama” y “mi mamá me mima” y “el indio fuma”. Cosas tan lejanas a mi realidad como las que más pero que me prometían paraísos donde los libros, llenos de letras pequeñitas y, a veces, encantadores dibujos, me prometían poder viajar a través de las palabras hacia mundos desconocidos.
En pocas semanas, muy pocas, el secreto se me develó. Le conté, feliz, a mi padre que ya sabía leer. El no podía creerlo. Me sometió a un riguroso examen, primero con la cartilla, Alegría de leer, se llamaba, y luego con fragmentos de viejos diarios que estaban aquí y allá por mi casa. Eran periódicos que los carniceros usaban para empacar la carne, los zapateros, los zapatos con las tapas de los tacones recién cambiadas, mi mamá para envolver los aguacates para que se madusen rápido, creo. Periódicos que mi papá saboreaba como si fueran, y lo son, una ventana al mundo. Letras que mi abuelo devoraba, sentado en esa silla que fue su vehículo a la muerte. Fue por esos tiempos que recibí mi primer gran desafío: la maestra me ofreció un cinco en español si me aprendía el poema “Los camellos”, de Guillermo Valencia. En poco tiempo esas rimas dulces y cadenciosas, formadas con palabras que me eran desconocidas, me llenaron la cabeza y los oídos y también el corazón, porque me enamoré de ellas, pero le plantearon un gran reto a mi entendimiento: ¿Qué quería decir Valencia, con cosas como: /a grandes pasos miden un arenal de Nubia?/ Mi papá me dijo que querían decir lo que decía ahí. Ahí se estableció una de las grandes preguntas que pensadores e investigadores del tema han intentado resolver durante años: ¿El texto dice lo que dice?, ¿Quiere decir algo más, qué, cómo saberlo?, ¿Es el autor quien lo dota de sentido? ¿Es el lector? ¿El sentido se construye entre ambos? Aún no sé la respuesta, pero todavía estoy, y presiento que lo estaré hasta la final, prendada del misterio de las palabras.
Tuve suerte, mucha suerte. Mi abuelo tenía una gran biblioteca en la casona donde pasé la mayor parte de mi infancia, la casa de mis abuelos. Él, un hombre a quien un accidente había dejando sin una pierna y a quien la vida impulsó entonces a vender lotería para ganarse el pan de su familia. Eso produjo del milagro de que se ganase dos veces la lotería. En una de esas ocasiones, se dio cuenta de que se había limpiado las heces con el quinto ganador. Pudo devolverlo a su limpieza original y, gracias a eso, comenzar a atesorar la gran fortuna que lo convirtió en un ansioso lector y un prestamista sin freno. Entre tanto, mi abuela crecía en su locura, sentada en una mecedora donde gritaba día y noche: “la parrilla, la parrilla”. Cuando comenzó a cansarse, la vieja casona se llenó de silencio. La abuela Alejandrina durmió durante siete años, sobre todo en los días. Durante las noches, se ocupaba de atormentar con sus dolores y las llagas que le produjo su larga estadía en cama, a su hija soltera, Margarita, quien la cuidó como a un pajarito herido, hasta que se la entregó al sepulcro. En ese silencio de la antigua casona, una niña, yo, vagaba por los corredores silenciosos esperando ver florecer las bifloras o tratando de adivinar el lenguaje de las hormigas. Ese suave silencio azul y transparente me condujo a mi paraíso de infancia, la biblioteca del abuelo Emilio Ángel.
Era un cuarto lleno de escaparates que ya para la época eran antiguos, llenos a reventar de libros colocados en el orden que dictaba una rara clasificación por colores y tamaños. Recuerdo que en los cajones de debajo de aquellos estantes improvisados, estaban los viejos zapatos de amarradera de la abuela y todos los zapatos derechos del abuelo, quien siempre que compraba un par tirada a la basura el izquierdo, ya que no había pie para ponerle zapato. Era triste ver aquellos zapatos impares, aquellos corredores silenciosos. Aquel, casi cadáver de la abuelita que se durmió para siempre en su locura y cuyo rostro, que más parecía de momia que de anciana, era apenas visible entre la blancura de las sábanas, mientras en la cama contigua descansaba Margarita, de sus interminables noches de insomnio, practicando sus conocimientos de enfermera improvisada.
Lo que quedaba era leer. Leer ávidamente, páginas y páginas que, más que abrirme su sentido me enviaban derrotada hacia abismos de misterio. Pero el arrullo de las palabras, el ritmo mágico de las frases; el olor a la verdad que despedían aquellas viejas páginas, muchas veces medio mordidas por las ratas y la polilla, mecía el paso de las horas de aquella infancia dorada. Había de todo en aquellos improvisados anaqueles: Sanín, El epistolario de Fraidique Méndez (creo que así se escribía), La apología de Sócrates, Los diálogos de Platón; libros de oraciones, viejos poemarios que apenas recuerdo; novelones que escribía Rafael Pérez y Pérez y que, por años he buscado con ansiedad, para ver si me causan el deslumbramiento de aquellos años de mi, casi prehistoria. Había mucho más, Javier de Montepán, con su Panadera y su Coche número trece. Estaba el Conde de Montecristo, La dama de las camelias, Los cuatro evangelios. Había novelas, estas sí, escritas en cuadernos escolares, porque mis tías tuvieron siempre, como yo, la vocación de la escritura. Novelas manuscritas que comenzaba con frases como: En una elevada montaña cubierta de cielos azules…”. De ahí , de ahí creo que saqué y que he de arrastrar toda mi vida el amor por las frases ridículas y románticas que me avergüenza escribir pero que adoro. Mis tías eran escritoras aficionadas. Le hacían a todo: Ignacia, a las canciones que luego grabaron Espinosa y Bedoya y el Dueto de Antaño. Canciones a quien fue el gran amor de esa familia: mi abuela Alejandrina Tamayo Arango, la prima de Débora, nuestra gran pintora envigadeña. Versos que decían cosas como: /Tu amor oh madre mía/ /impulsa mi barquilla/ /hacia el seguro puerto/ /de la feliz mansión/ /y en noches tormentosas/ /cual faro luminoso/ /tu alumbras mi camino/ /hacia el seguro puerto de la felicidad/ y, también al amor le cantaba mi tía Ignacia Ángel: /Tus ojos negros/ /de misterio llenos/ /estremecen de amor el alma mía/ /y en la sombría noche de tus ojos/ /a veces veo brillar la luz del día/. Los estoy cantando para recordarlos. Para volver a escuchar las cristalinas voces de mis tías entonando esas ingenuas palabras que no han abandonado más de cincuenta años después.
Luego tuve una época de lectura pobre y triste. Pasaba yo entonces las tardes al pie de la cama de mi prima Doris Del Río, quién había nacido con un problema en los riñones y que pasaba meses y meses hinchada como un globo y sudando charcos de agua que mojaban los tapeticos que le poníamos al pie de la cama. Tenía ella para mí, además del encanto que me hizo amarla, una sucia y raída colección de revistas de Vanidades, en cada una de las cuales Corín Tellado, publicó muchas veces un corto novelón, siempre el mismo; sólo que cambiaba nombres y espacios. Ella se volvió millonaria publicando aquellas vacuidades y yo, por poco me vuelvo idiota, leyendo y releyendo en aquellas revistas, que traían además de las consabidas novelitas de amor, horóscopos, recetas de belleza y farándula. Todo esto porque me habían cerrado la entrada a la biblioteca del abuelo. Fueron pocos, pero fueron áridos años para la lectura. Leía entonces de robado. Mi papá tenía un cajoncito, siempre cerrado con un candado, donde guardaba cursos de mecánica que estudiaba por correo, viejos libros de historia, manuales de geometría (los mejores que conocí en mi vida) y algunos libros de biología. Aprendí a forzar la cerradura del candado y a robarme las palabras, las fórmulas matemáticas y químicas. Pero aquellas líneas no tenían la dulce rima de los versos de Silva; ni sabían a montañas como: El cultivo del maíz; ni hacían temblar con las Horas de tinieblas de Pombo; ni hacían sentir que la vida era profunda como el gran Barbajacob, pero llegué a sospechar que aquellos libritos que decían que:
Si A es igual a B y B es igual a C, entonces A es igual a C, tenían un significado que correspondía más directamente con el símbolo que los grandes textos de literatura y filosofía que se habían cruzado en mi camino lector. Claro, siempre y cuando uno tuviera sabido que es A y qué es B y qué es C.
Entonces, lo conocí. Se llamaba Carlos Omar Cadavid Maya, era un joven, estudiante de teología y filosofía en la Bolivariana, a quien los curas habían prohibido vestir los hábitos sacerdotales porque su mamá era prostituta. Había heredado de ella, la ensoñadora belleza de unos grandes ojos verde pasto madurado al sol, los ademanes lentos y parsimoniosos que son propios del más alto erotismo y la dulce sonrisa con que las víctimas de la sociedad disimulan su dolor para no hacernos sentir culpables de los latigazos que les prodiga nuestra ignorancia. Cuando Carlos llegó a mi vida, yo apenas chapuceaba en Revistas que entretenían con: “La risa, remedio infalible”. Carlos me salvó del naufragio. A la mañana siguiente después de la noche memorable en que nos conocimos, ese muchacho que era todo generosidad intelectual, llegó a mi casa con una montaña de libros para que yo leyera. No los recuerdo todos, pero sé que estaba algo referido al Alfa y el Omega de Teillard de Chardin y ese primer libro que abordé con el temblor de la conciencia abierta a la palabra: Crimen y Castigo. Supe desde entonces que la gran culpa universal había de acompañarme hasta el sepulcro. Que todos llevamos dentro un Raskólnikov, que en cada mano de santo hay un asesino y que la única redención está en el castigo aceptado con entereza y desde el pleno reconocimiento de la propia culpa, de la propia verdad. Entonces comprendí que después de tantos años de lucha, desde aquellos en que trataba de descifrar los garabatos de los cuadernos escolares, los textos tenían algo que decirme. Lo que ahora sé, es que cada vez que leemos un libro de estas dimensiones, un nuevo abanico de significados y grandes secretos se nos abre como recompensa y nos desafía con sus preguntas eternamente abiertas.
Con Carlos aprendí a leer. Fueron varios años de intensa lectura y de amplia conversación en que él iba despejando poco a poco las brumas de mi ignorancia. Así, muy despacio y con gran alegría, fui comprendiendo que para leer no basta con interpretar sílabas directas e indirectas. Que se necesita saber. Saber mucho, sobre el mundo, sobre filosofía, sobre filología, sobre historia, sobre psicología; sobre literatura… Que hay que situarse en épocas de lectura y escritura; que hay que entender el ángulo desde el cual accedemos a las palabras. Que los libros son, cadeidoscopios, poliedros. Que los significados no son unívocos pero que sí existen. Aprendí a odiar a quienes creen que ni Dostoievski, ni Unamuno, ni Borges, ni Platón, para citar sólo los primeros que vienen a mi memoria, han dicho ni querido decir nada ¡Qué atrevimiento!. Básteme citar un refrán que mucho me gusta: la ignorancia es atrevida.
Pero Carlos no me bastaba, aunque gastara muchas horas de su preciosa vida, quien bien temprano se apagó, enseñándome los rudimentos del inglés, corrigiendo la ortografía de mis notas o enseñándome a tomar apuntes y garabatear diarios de lectura. Eso es lo bueno, lo que no puedo ponderar de esa gran amistad que me llevó de la mano por los senderos de la historia de la filosofía, otro, si no el más grande, de mis amores intelectuales. Pero Carlos, a pesar de haber puesto ante mis ojos a Heráclito y a Aristóteles. A pesar de pasar horas y horas conmigo, en mi vieja casona, construyendo y deconstruyendo silogismos. A pesar de tantas cosas como me enseñó, Carlos frustró, tal vez de por vida, mi vocación de escritora.
Por aquellos años, yo, igual que mis tías y varios de mis primos, garabateaba, poemas y cartas de amor en viejos cuadernos; sin más pretensión que el desahogo de la escritura. Pero no sólo eso, ya había escrito un novelón romántico que otro de mis amigos, Humberto Arias, se llamaba, se llevó prestado y nunca me devolvió. Cometí el error de hablarle a Carlos de mi deseo de escribir novelas. Primero me alentó pero cuando leyó algunos de los que yo, en mi desconocimiento de la literatura y la teoría sobre la novela y demás, había bautizado como capítulos; donde más que narrar, que imaginar, que construir mundos nuevos, más bien hablaba de él, de mí y de las fechorías que cometíamos, al juntarnos con nuestros amigos de adolescencia. Era más bien un ingenuo diario, donde narraba la forma como quebrábamos los bombillos de las casas, tocábamos las puertas para después reírnos, escondidos, cuando alguien que abría se quedaba con la boca abierta como si acabara de desaparecer un fantasma; o nos lanzaba improperios, porque había olvidado que también fue niño y atormentó los oídos de los ancianos con las bulliciosas alegrías de su adolescencia cuando ésta empezaba a despedirse. La frase de Carlos fue una estocada: ¡Eso no es una novela! Yo, a punto de llorar de rabia y humillación, tiré la novela y el proyecto de escribirla, por muchos años. Después he vuelto intentarlo, pero sin fe; sin aquella inmaculada alegría de escribir, no para ganarme u Nobel sino para sólo escribir.
Que aquello no era una novela… tal vez sí, o tal vez no. Lo que he podido ver claro a lo largo de mis muchos años de lectura y de estudio sobre el tema, es que nadie podría trazar nítidamente los límites entre lo que es o no es novela. Pero entonces yo era víctima fácil. Todo ser ignorante lo es.
Después, mi historia se enloda en la borrascosa crónica de un matrimonio sin amor, entre golpes y humillaciones sin cuento; la peor de las cuales fue la sed de letras que tuve que arrastrar por años, porque mi, entonces, esposo, escondió o tiró toda clase de lectura seria que hubiese entre los libros que yo había ido consiguiendo. Así, se fueron de mi casa y de mis estantes: Sartre, Camus, Freud, Nietzsche. Fue así como nunca volví a ver a Sola y como hasta El principito y Alicia en el país de las maravillas, fueron yendo a parar a la basura que se llevaba los martes o los sábados mis grandes tesoros literarios. Salvé algunos, aquellos para los que mi corazón fue un cajón más hondo que cualquier basurero: Cumbres Borrascosas y La letra escarlata. Después, cuando por obra del destino recuperé mi libertad, llené mi sala y mi dormitorio con páginas y páginas que me acompañan como faro, tal vez el último, de mi vejez.
Me he reencontrado con Dostoievski, he bebido de la fuente del centro de la conciencia humana con Los hermanos Karamazov, con Cela, con Boris Pasternak, con Cervantes, con Juan Ramón Jiménez; bebo frecuentemente de las palabras de Faulkner, de Joice y de Borges. Recorro con él su Historia universal de la infamia, voy por las páginas de El atroz redentor Morel. Me asomo como a escondidas de la mano del escritor argentino a Bartolomé de las casas y sus memoriales, y me estremezco recapacitando en cómo se puede ser santo cuando uno propone reemplazar indios por negros para que se extenúen en lugar de los primeros. Trato de navegar por la música del blue, la forma musical negra que se asocia con el Deep South. Me propongo acercarme a la prosa de Vicente Rossi. Leo y releo el primer cuento que Borges reconoce como tal en su producción: El hombre de la esquina rosada, cerrado para mí, casi tanto como las lejanas lecturas de mi infancia y de los tempranos años de mi adolescencia.
La lectura, para bien o para mal, ha hecho de mí lo que soy. Pienso, como Swedenborg, citado por Borges, que el hombre se salva por su postura ética, por la inteligencia y por el ejercicio del arte. creo, atrevidamente, y sé que muchos han de cuestionarme por ello, que, como lo afirma William Blake: el tonto no ha de llegar al cielo, por santo que sea. O, dicho de forma más bella: “Hay que descartar la santidad e investirse de inteligencia”. Si, un gran escritor es un gran maestro que nos toma de la mano y nos conduce como Beatriz a Dante, por el tenebroso camino de la existencia. Los escritores beben, sabiéndolo, creo, de la eternidad, de la simultaneidad de los tiempos. Leer es encontrar en espejos como los de Borges que la materia es irreal y que, como él afirma, refiriéndose a Las Enéadas, la materia recibe los universales como un espejo que simula estar lleno y está vació.
Desde los libros intento, como lo he intentado desde que sé que existo, entender el tiempo que es como entender el todo. Sé que todo se queda porque no hay pasado ni futuro. Lo que existe es un solo instante. Nada lo antecede. Nada le sigue. Lo que apreciamos son sólo las diferentes facetas del ser. Comulgo con Borges en esa noche de serenidad en que su mágica experiencia le hizo comprender que la “paredcita” límpida, del arrabal, con su olor provinciano a madreselva, a barro fundamental, no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años. Es, que, dice el escritor, sin parecidos ni repeticiones, es la misma.
Mi vida ha sido, desde mi lejana infancia, una eterna persecución de la metáfora. Un preguntarse si Groce tenía razón al negar la distinción entre el fondo y la forma, al reducir la poesía al lenguaje. He tratado por años de entender, con Aristóteles, que toda metáfora nace de una intuición, de una analogía entre dos cosas disímiles. Pienso que de eso puede estar construido el pensamiento, de analogía. En cualquier caso, mi vida ha sido un intentar, como bella y precisamente lo expresa Nietzsche: “… que debamos vivir de un modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad”.
Hay un libro, un libro mágico y respetado por todos los que saben de ese objeto sagrado que es el libro, un libro que no he leído y que espera paciente entre las montañas de hojas que hacen cola, pasta sobre pasta entre mis tareas sin emprender. Se llama: Las mil y una noches. No puedo evitar la idea, errada y preconcebida sin duda, de meterlo en el cajón de lo que siempre consideré lecturas para niños y que nunca me gustaron. Excepción hecha, de aquellos cuentos árabes que estaban en la biblioteca de mi abuelo y de cuyas páginas sólo conservo el dulce sabor de lo mágico que trazó mi camino de lectora.
Cuando pienso en escribir, tiemblo ante mi ignorancia. Veo mi pluma insegura, infantil y ridícula, cuando me paro frente a páginas como las de “El jardín de los senderos que se bifurcan”. Me abisman preguntas, como esa de su autor sobre: ¿De qué manera un libro puede ser infinito? Una bifurcación en el tiempo, propone Borges. Y aclara: no en el espacio. Pero en la novela que sueño, el espacio tiene que curvarse en cada bifurcación, para que la palabra se materialice y haga existir los mundos que siempre he soñado. Mundos de crepúsculos rosados que no crecen hacia el gris, hacia la oscuridad, sino siempre hacia auroras más rosadas, más lentas. Hacia auroras eternas. Yo creo en esa vertiginosa serie de tiempos que se bifurcan, pero no en el campo de la física sino en el de lo literario. Creo en esa red abismadora de tiempos divergentes y convergentes en cada página de creación literaria.
“No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros yo, no usted, en otros los dos”, Dice Borges. Yo creo que en todos los tiempos literarios existen dos mundos: el creado por el escritor y el real, el escritor mismo. Vivo, siempre he vivido dentro de la historia universal de las metáforas. Busco a Dios dentro de esa esfera inteligible a la que han aludido los filósofos, por el hermetismo, cuyo centro está en todas partes, y la circunferencia en ninguna.
En los últimos tiempos me han visitado muchos mundos literarios paralelos: Tlon, Uqbar, Orbis, Tertius; El acercamiento a Almotásim, Pierre Menard, autor del Quijote, Las ruinas circulares, La biblioteca de Babel y El Jardín de los senderos que se bifurcan, han sido mis compañeros de esta parte del 2016, pero no han estado solos; con un club de lectura al que asisto últimamente, hemos estado tratando de abordar Sobre héroes y tumbas. Ha sido una experiencia extraña y desconcertante para mí. Aunque pasé muchos años estudiando literatura en la Universidad de Antioquia, no me había dado mucha cuenta de que un libro de habla a cada quien desde la ventana que sus propias experiencias, sus propios anhelos y sus propios sueños han abierto al mundo.
Hay un libro que me ha dado la más grande, la más sorprendente alegría de leer en toda mi vida: Cien años de soledad. El día en que Gabo murió fue uno de los más tristes de mi vida y cada que siento que se me agota la magia del vivir recorro otra y otra vez a los Buendía, a los gitanos de Macondo y a las mariposas amarillas que nos dejó como regalo nuestro más grande escritor.
Es todo, por ahora, en este borrador que he escrito por sugerencia de Viviana Alvarez, la orientadora de ese club de lectura y de otro, más ambicioso y que me da miedo: el de escritura al que también estoy asistiendo en esas tardes, ahora frías y plomizas que estoy pasando varios días a la semana, con personas a quienes agradezco su compañía y en quienes reconozco seres que comparten conmigo este amor por las letras.
En fin. Como la experiencia de trazar estos renglones, me ha gratificado, continuaré con ella, poco a poco Doy Gracias a Viviana por impulsarme a estar un rato con mis recuerdos, que, blandos o duros. Son importantes porque me pertenecen. He gozado de la experiencia de volver a escribir como antaño al redactar estos recuerdos hechos de letra y papel.
martes, 1 de octubre de 2013
VOLVER A VERTE, SEÑOR CANÓNICO
Silvia Angel
Un homenaje al recuerdo
Donde crecían bifloras enormes que estremecían el aire con su espeso perfume y su color de semana sagrada. Un silencio casi eterno se había instalado meses antes en los corredores de aquella añeja mansión pueblerina. Desde que supo de la muerte de su tía, que era como su madre, pues ésta había muerto cuando él era niño; el padre Villegas sólo volvió a usar sus palabras para celebrar la santa misa. Nadie lo escuchó hablar desde entonces. No volvió a aparecer por el confesionario. Se consideraba incapaz de perdonar a los pecadores. Ya ni siquiera rezaba por ellos.
Para no volverse sordo en medio de su silencio, volvió al piano. En su juventud había tenido un gran maestro que le enseñó a amar a Beethoven, a Chopin. Eran sus preferidos y, como en sus lejanos años mozos, los largos dedos del cura arrancaban esas estremecedoras notas al teclado. Esta tarde no. La criada acudió a la llamada de los aldabones y regreso:
-Es un hombre cansado, con una jovencita en brazos. Dice que es su tío. Que le escribió a usted hace unos días desde Puerto olvidado., El cura dejó el devocionario sobre la mesita de noche y, con pasos solemnes, elásticos y tristes, se allegó a la puerta. Tampoco esta vez hubo palabras. Un largo y cerrado abrazo convirtió en uno a esos tres seres que estaban marcados por la sangre y el dolor. Lágrimas secas surcaban a la vez tres rostros bien distintos y semejantes a la vez, sin embargo. Serio y maltratado el del tío, elegante y joven el del cura, angelical el de la niña.
La criada, quien presenciaba la escena, no necesitó orden alguna para comprender que debía preparar la cena y un par de habitaciones. Supo, por el periódico local, que la violencia había segado la vida de Rosaura, la tía- madre del sacerdote y que había obligado a sus hermanos Roque y Enrique, a perderse por la selvas del país, tal vez en búsqueda de venganza, o asustados frente a la posibilidad de su propia muerte. No hubo una tumba para la hermosa muerta que tanto se parecía a su hija Irina. No hubo un responso, ni lágrimas, ni palabras. El padre Pablo Villegas no volvió a dirigir la palabra a nadie, excepto para la oración. Tampoco ahora, que recibía en su casa lo que quedaba de su familia.
II
Meses más tarde, un martes de junio, un crepúsculo descaradamente rosa inundó poco a poco el salón de música. Sobre el viejo sofá de verde terciopelo, Irina entornaba sus negrísimas pestañas, temblando, estremecida ante Claro de luna. Las suaves y veladas celosías del ventanal columpiaban la claridad lunar mientras los dedos de Pablo iban de Liszt a Chopin. La luna dibujaba apenas el perfil, casi infantil, y se recreaba sobre el arco perfecto de las cejas negrísimas. La frente de la joven soportaba unos cuantos cadejos de sedosos y ondulados cabellos. De tanto en tanto, la chica sonría tristemente, estremecida ante la belleza de la música y lanzaba una mirada larga y ansiosa al rostro del sacerdote.
Ya caída la noche, cuando las estrellas se fueron hundiendo en la inmensidad de la noche y la luna se hizo más lejana y el sacerdote cerró suavemente el teclado, Don Arsecio se acercó a su hija y tomándola en brazos, subió la escalera de mármol, balanceando a su paso la falda de muselina azul y las trenzas despeinadas de Irina. El cura aspiró el perfume de la chica, casi infantil, y se permitió una lenta mirada sobre los labios en flor. Después, tomó su devocionario y se dirigió al cuarto. Un silencio casi de muerte cubrió la vieja mansión e hizo más evidente la belleza amplia y vieja de los corredores y los arcos y el agua quieta de la piscina central. El padre Villegas conservaba este caserón donde nacieron sus abuelos y sus tatarabuelos y que heredó a la muerte de su madre. Por eso solicitó al Obispo el traslado para Perla Negra, donde estaba la casa y por eso, y un poco por compasión frente a los dolorosos acontecimientos, el Obispo le concedió el traslado. El sacerdote desechó la idea de instalarse en la Casa cural, como correspondía. A nadie extrañó que quisiera volver a vivir donde lo vieron crecer, en la casa de sus padres.
Durante su niñez, él oyó muchas veces hablar de la guerra. Eran relatos que llenaban de pánico su corazón, pero que parecían lejanos. Era Colombia, pero en su casa, y en su calle y en su barrio, y en su parque todo parecía tranquilo. Transparente. Las tardes azulinas, cuajadas de colegialas que regresaban del colegio. Tardes en que las montañas dibujaban mapas de lugares imposibles, eran tardes de paz. En Perla Negra la sangre era sólo una palabra para referirse a la raspadura de la rodilla por haberse caído de los patines o de la bicicleta; o de un árbol de guayabo. Los tíos hablaban de la violencia. De bebés sacados del vientre de sus madres con un cuchillo y reemplazados por gallos vivos. Él sufría imaginando la sangre que se deslizaba entre los huequitos que dejaban las agujas al coser los vientres de aquellas madres que ahora quedaban preñadas, no de un hijo, sino de un gallo vivo que se moría en su vientre, ahogado en su propio estupor. Él escuchaba, con el alma en vilo, las historias de los niños tirados al aire por los verdugos y aparados en la punta de cuchillos carniceros. Sufría, eso si era verdad, imaginando que aquella guerra llegara a su casa y que borrara la belleza de aquellas tardes de su infancia. Tardes cuajadas de carboneros en flor. Tardes que olían a naranjales y que veían correr las aguas de la quebrada, como en oración en lo bajo de ese pueblo, coronado de montañas que lo vieron crecer.
Después, se fue al seminario. Era verdad que amaba la belleza de las mujeres, su dulzura, el grito de vida de sus caderas en flor. Pero por fuera. Bastaba la insulsa charla de algunas de sus vecinas y compañeras para que dejara de verlas bellas. Quería algo puro. Algo perfecto. Algo que no estaba en sus calles, en su mundo. Por eso fue tan fácil para el Padre Rafael Herreros convencerlo de que terminara su bachillerato en el seminario. Las chicas de su pueblo lo lamentaron. Y aunque Pablo Villegas, con su alta y esbelta figura, sus pasos lentos y solemnes, los negrísimos ojos negros y aquella boca que incitaba al beso, las dejaba sin aliento. Ninguna dijo nada. Eran tiempos de mediado el siglo veinte. Siglo de mujeres discretas, de damas, destinadas a ser las matronas de aquellas tradicionales familias de antaño. Si alguna hubiese osado la más mínima insinuación erótica, se la hubiera tildado como merecía. Así que, sólo lo volvieron a ver años más tarde, convertido en su párroco. Doña Rosaura, junto con su esposo y sus hijos pequeños se habían instalado en Puerto olvidado. Los había tocado la primera campanada de la violencia. Aplancharon a Don Eusebio y le ordenaron irse. Los liberales querían para ellos ese pueblo. Pero no se fueron.
III
La noche sangrienta no lo parecía. Rosaura Ángel cerró las celosías de su casita campesina, dio la última vuelta al gallinero, cerró con aldabón la puerta de la cocina y se fue mojando las bifloras del patiecito. A las siete habían terminado de rezar el rosario, los chicos jugaron con los hijos de Don Belarmino Ortiz, enfrente de la casa. La callecita era de tierra y el cielo lleno de estrellas. Unos meses después estrenaron el alumbrado municipal. Un hombre, que llamábamos el farolero, iba de equina en esquina, al caer la tarde con un palo terminado en un gancho de alambre, encendiendo las bombillas de las calles. En las cocinas aún se cocinaba con carbón de piedra. Esa noche la luz era estelar, la luna se había escondido tras las altas montañas. Un espeso olor a jazmineros inundaba las calles repletas de gritos infantiles y adolescentes que jugaban a los espantos. Rosaura salió al portón para llamar a los niños. Nadie respondió. Preocupada, volvió a llamar, y la respuesta fue aquel cuchillo carnicero atravesado, amenazante en su garganta. El hombre rasgó su escote e intentó la caricia que ella le negó, atravesándole el rostro con una palmada. El filo cerró para siempre su vida de mujer hermosa, de esposa honrada de madre amorosa y de buena cristiana. A unas cuadras de allí, otras vidas se segaban, otras mujeres se entregaban –por miedo- y morían en medio del miedo.
La sangre asustó a los hijos que regresaban de sus juegos. Nunca llegaron a ver el cadáver de la madre, ya que huyeron para siempre. Años después se les oyó nombrar como cabecillas de bandas sangrientas.
Dormida sobre su blanca camita, una adolescente que hizo llorar de miedo frente a su belleza a quien estaba destinado a ser su asesino. El hombreo pudo suspender aquella vida que era la expresión de la belleza que iluminó sus sueños infantiles y la dejó durmiendo su orfandad. Ella no se dio cuenta de nada, hasta el día siguiente, cuando su padre la despertó, llorando sobre las sábanas. Tal vez lo único de la casita que no quedó bañado en sangre.
La niña aprendió a callar mientras preparaba el escaso desayuno del padre. Como ya nadie cultivaba los plátanos, ni había a quién vendérselos. Como los hermanos no volvieron para ayudarla, como el padre se volvió inútil debido a la rabia y al miedo, Irina tuvo que poner esa tiendecita donde vendía velas, cigarrillos, gaseosas y confites. Con eso vivieron hasta el día de la nueva amenaza que los sacó de puerto ---- y los lanzó por las cenagosas carreteras de su ensangrentado país. Al principio de la huída, el destino era ninguna parte.
IV
Aquel invierno de mayo los vio pasar. La hija sobre los brazos del padre, por caminos empantanados. De lluvia en lluvia, se escampaban bajo platanales y, en algunas noches dormían en vacías casitas olvidadas, que la violencia dejó sin habitantes y sin puertas ni ventanas a la orilla de aquellos caminos de abandono y pobreza. Meses de huída entre ruinas y miedo. Comiendo mendrugos de pan, mendigados; o frutos silvestres, a la vera de las estrechas carreteras. A veces, el miedo les estrujaba el corazón, viendo como desde los cerros y fincas cercanos, bajaban cadáveres en andas, apenas cubiertos por andrajos ensangrentados. Eran los años del silencio que después de volvió marihuana, metralla y cocaína. Entonces la muerte creció como en basar de iglesia. Casi se volvió costumbre.
Irina cumplió los trece años aquel día en que llegaron a una olvidada estación del ferrocarril. El padre la descargó sobre la banca de la oficina de correos, donde dormía un hombre encargado de cuidar y despachar, a mula, las escasas cartas. Allí se escribió la carta que un par de meses más tarde recibiera el sobrino de Rosaura. No había noticias nuevas. Su madre-tía, se había llevado la alegría de aquella vida sacerdotal. Pero estaban su tío e Irina. La prima que iluminó la sombría languidez de la casa cural y que puso una nota de alegría con los tangos interpretados en su voz casi infantil.
IV
No sólo lo veía en las noches, mientras tocaba el piano. Además de vivir en la misma casa, él era su profesor de religión. Él le enseñó los mandamientos y la puso como abanderada en la cruzada eucarística. Fue durante esas mañanas de iglesia, cuando ella aprendió a comulgar varias veces durante la misma misa y que él dejó deslizar sus suaves dedos sobre la barbilla de aquella niña mujer que se le ofrecía, sin apenas saberlo, mientras saboreaba en sueños los labios del cura.
La vida desterró a la muerte en aras de aquel amor casi inconsciente. El pueblo volvió a tener tardes azules y enredaderas en flor. De paseo por las fincas que se colgaban como gajos a las laderas de las montañas, Irina soñaba con príncipes azules que siempre tenían los ojos negros y los pasos lentos de Pablo. El recuerdo de la madrugada que la dejó huérfana se fue durmiendo sobre el arrullo del agua de la quebrada donde la chica pasaba las tardes, leyendo novelas de Rafael Pérez y Pérez. El pueblo la vio convertirse en mujer, vio florecer sus amplias caderas y se estremeció con la pequeñez de su cintura y la doble promesa de amor que abrigaba su pecho.
Allí, escuchando el rumor del agua, en las azules tardes de abril, iba a mirarla de lejos su primo sacerdote. No era un pecado confesado. Era un sabor dulce, casi inconsciente que se le derretía en los ojos al mirar las negras trenzas, despeinadas sobre el libro. Era una dolorosa ansiedad de hombre, estrangulada sobre la boca lejana de la mujer que leía y soñaba con él, sin saberlo, a unos pasos de ella.
Aprendió a seguirla los vericuetos de sus paseos. Un viernes de otoño, la siguió hasta el hospital de los tuberculosos. La María, se llamaba aquella casa de campo, escondida y casi innombrada en el pueblo. Un pueblo que siempre escondió sus crímenes y ostentó sus limpias calles amplias que con el transcurrir de los años vieron desaparecer sus grandes casonas de antaño, poco a poco convertidas en edificios donde vivían los nuevos ricos, los hijos de la sangre y la cocaína.
Un martes de octubre, un dulce olor a naranjas se derretía sobre el aire de la tarde y llenaba de luz dorada cada rincón del espacio. Irina se acostó bajo aquel árbol que nunca olvidaría. Lento, él cerró sus dientes y sus labios sobre la boca soñada. Ella abrió toda su ansiedad de mujer al beso, lo dejó desatar el cierre que le ceñía la cintura… palpitó con él mientras hundían las manos en las manos, en una inconfesada ansiedad. Pero la puerta del hospital se abrió, lentamente. Y ella se quedó sola, tendida sobre la hierba, con el vestido medio abierto y el corazón temblando como una paloma herida.
V
Después fue muy difícil. El piano calló en las noches y las estrellas brillaron sobre los cortinajes solitarios y silenciosos. En el altar había un sacerdote que decía una misa rutinaria y que buscaba inútilmente los ojos dorados de una niña mujer que no le dijo que no. Pero que lo dejó solo con su culpa. Mirando el templo vacío, el hombre soñaba con el pasado para torcer su destino. Aprendió a maldecir al cura que lo arrancó de su vida rutinaria y lo encerró entre las paredes de un seminario. Quiso ser como sus hermanos, renegar de todo e ir por los caminos buscando y, tal vez, causando la muerte.
Un sábado, víspera de navidad volvió a verla. Esta vez en el coro de la iglesia. Escuchó su voz cantando El Gloria, el villancico que ambos amaban. No levantó los ojos desde el altar, pero supo que ella lo había perdonado. Al domingo, invitó a almorzar a las cantantes, puso en las manos de cada una un regalo. En las de ella, aquel cinturón de cuentas amarillas que desde entonces ella llevaba siempre en las misas de doce. No comulgaba como antes. Ni una, ni varias veces, pero esperaba con los ojos puestos a la puerta del sagrario, que apareciera la figura de aquel hombre que parecía un príncipe. Escuchaba el desgranarse de sus palabras durante el sermón y volvía a sentir los dedos del hombre en su cintura desnuda, como la tarde junto al hospital de los leprosos.
VI
Volvió a sentir los dedos amados. No en su cintura. Apenas en su mano temblorosa. El hombre aún conservaba la altanera y cimbreante apariencia que había convertido en auroras su noches de niña y de adolescente. De pie, en una puerta lateral de la Basílica, perdía – tal vez- algo de su majestad ante la de la construcción de ladrillo que había partido en dos la arquitectura del Siglo XX en la ciudad. Pero era él. Su voz como de cocos jugando entre sí.
-¿Cuánto hacía que no la veía?-Preguntó.
Ella sintió vergüenza del hijo que arrastraba de la mano y que no era hijo de los dos. El canónigo disimuló la pena de ambos y aflojó sus dedos de viejo entre los de ella, en plena vitalidad. Había ganado el poder, el deber. Había perdido el amor.
